Visualizar los orígenes del colegio Funcadia

Publicado: 27/02/2024
Autor

J. S. Canales

Periodista onubense con más de medio siglo de carrera profesional y una gran dedicación a su tierra, autor de varios libros y reconocido con el Premio de Periodismo Ciudad de Huelva en 2008

Al compás de Huelva

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La historia sitúa a este colegio en las figuras más que ejemplares de don Carlos Díaz y Franco de Llanos y del reverendo sacerdote jesuita don José María Laraña
La historia sitúa a este colegio, donde tuve el honor de situarme en la vida, en las figuras más que ejemplares de don Carlos Díaz y Franco de Llanos y del reverendo sacerdote jesuita don José María Laraña y Alvarez-Ossorio. La historia comienza cuando el primero de ellos, de cuya muerte se cumple un centenario, dejó en su testamento la donación de su casa y finca “para que, a la muerte de su esposa, doña Concepción Montes del Castillo, se convirtiera en escuela, biblioteca y museo”. Sí, y más, en un referente de aquellos talleres de formación profesional, pioneros en su género en la provincia de Huelva junto a la no menos inolvidable Escuela de Maestría Industrial del no menos inolvidable don Eligio Vallejo Tirado. ¡Ay! Cuánto de amor y de gratitud debemos todas esas promociones que -algo más que históricas- salieron de las aulas y talleres de Formación  Profesional para cubrir las primeras necesidades del Polo de Promoción Industrial de 1963 en sus ramas de ebanistería, ajuste, electricidad y, en las aulas, desde 1963 o hace 60 años mis primeros pasos en la Enseñanza Primaria.

Al hilo de estos recuerdos me llega la noticia de que, con motivo del Día de la Industria, la Asociación de Industrias Químicas y Básicas de Huelva ha premiado la labor de Funcadia por la labor desarrollada en el mundo de la formación profesional durante décadas y la aportación de esos profesionales desde el comienzo del Polo de Promoción Industrial. A partir de ahí mucha historia y muchos recuerdos de quienes todavía recordamos con algo más que gratitud los consejos del padre Laraña pilotando ese inmenso complejo socio-educativo que ahora mismo es santo y seña en la Alameda Sundheim, a pocos metros precisamente de la Escuela de  Maestría Industrial de don Eligio... Todo a partir del primer edificio, ya derruido, para construir otro para la Enseñanza Primaria y después esa larga fila de talleres de las especialidades ya enumeradas y de otros edificios designados a ir cubriendo las cada vez mayores necesidades y exigencias educativas del que todos llamábamos el Colegio del Padre Laraña…

Todo ello desde el año 1944, en el que aparece ese complejo como Estudios Politécnicos Madre de Dios, con el tiempo asumiendo el nombre de Colegio del Padre Laraña que siempre recordaré desde 1963, porque mi interés y mi curiosidad llegaron a tal extremo que llegué  a alternar la educación general básica con la especialidad de ebanistería, en la que llegué a satisfacer esa curiosidad solo durante tres meses dada la incompatibilidad con mi situación física, víctima de aquella pandemia de los años 40 que es mejor no recordar. Eso sí, como el autor del artículo al que me refiero, “siempre me ha suscitado cierta curiosidad la figura de don Carlos, impulsor de la enseñanza de las clases necesitadas… dándose gratuitamente las clases diurnas para niños y nocturnas para adultos, además de las enseñanzas de oficios varios”.

A estas alturas no podemos olvidar a este hombre ejemplar en su tiempo que dejó en su testamento - hay que repetirlo una vez más- su casa y su finca para que a la muerte de su esposa se convirtiera en escuela, y así desde 1944, cuando acuerda con la Compañía de Jesús que todo sea “una institución religiosa la que esté al frente de la escuela y demás secciones anejas”.

Bueno, y es ahí cuando aparece la figura de don José María Laraña y Alvarez-Ossorio, toda una insólita fusión en pos de la enseñanzas de las clases más humildes no solo desde el ámbito infantil sino adentrándose en aquellos talleres de Formación Profesional que las clases gobernantes fueron relegando hasta que, por fin, cual Ave Fénix han resurgido con tal fuerza que don Carlos y don José María son auténtico iconos de esta Huelva tan autocomplaciente pero también tan indolente a la hora de la verdad.

Sí, es el momento de que en la Alameda Sundheim se resalte aún más la figura que mi buen amigo José Bacedoni Bravo plasmó en un sencillo monumento para enaltecer y perpetuar la memoria del padre Laraña. Todo un original y sentido monumento, erigido en los jardines del hoy conocido como el Colegio Funcadia, fusión de dos milagrosas figuras de la enseñanza y que, para seguir haciendo justicia y reconocimiento a los dos protagonistas de esta Huelva de la postguerra, levantar un nuevo monumento,  pero que, ¿por qué no junto al del padre Laraña? Para seguir recordando a Huelva que gran parte del capital humano que la transformaron en aquellos inolvidables años 60 tuvo su origen en dos figuras visionarias, ahora mismo santo y seña de su progreso en el mundo del trabajo. (A mis nietos, que, repitiendo la historia, se integraron en el Fundacia de unos tiempos no menos difíciles pero esperanzadores).

 

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