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Martes 30/11/2021  

El jardín de Bomarzo

Un caos organizado

Prestamos atención a cosas en las que antes ni nos deteníamos convencidos de que las tragedias eran solo para el tercer mundo

Publicado: 29/10/2021 ·
11:38
· Actualizado: 29/10/2021 · 11:38
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  • El jardín de Bomarzo.
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Bomarzo

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El jardín de Bomarzo

Todos están invitados a visitar el jardín de Bomarzo. Ningún lugar mejor para saber lo que se cuece en la política andaluza

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"La reciente racha de desastres se han traducido en beneficios tan espectaculares que mucha gente en todo el mundo han llegado a la misma conclusión: los ricos y los poderosos causan deliberadamente las catástrofes con el fin de explotarlas". Naomi Klein, en La doctrina del shock.

Incluso para un escéptico como el que suscribe sobre las teorías de la conspiración resulta raro de narices aceptar que todo lo que nos rodea en este tiempo convulso es fruto del normal desarrollo de las cosas, de hecho desde que la pandemia ha sacudido nuestros cimientos nos sentimos seres vulnerables que ya no están a salvo. Prestamos atención a cosas en las que antes ni nos deteníamos convencidos de que las tragedias eran solo para el tercer mundo, lo que sucede es que el tercer mundo, fruto de la globalización, no es ajeno al desarrollo y quiere formar parte de la sociedad media mundial y, claro, el planeta se resiste a tener producción para sostener a siete mil millones de personas con luz, agua potable, coche, alimentos frescos y envasados y móvil de última generación. Es raro que un gobierno de una nación como Austria alerte a su ciudadanía ante la posibilidad cierta de un apagón energético duradero y que afectaría a toda Europa debido a la crisis que el sector vive, al mal uso del consumo en la materia que hacemos, a las necesidades cada día mayores que tiene el planeta y, ante ello, les pide que hagan acopio de productos básicos como pueda ser agua potable, conservas o velas porque, asegura la ministra de defensa austríaca Klaudia Tanner, "la cuestión no es si habrá un apagón, sino que la pregunta es cuándo va a ser". Todo a las puertas de un invierno que se asoma estos días con el cambio de temperatura y hora, las lluvias inminentes, la subida del precio de la energía. Es raro que un gobierno alerte así cuando sabe que una población con una llamada de riesgo es propensa a enloquecer, a acudir al supermercado y agotar determinados productos. A propagar el caos.

Resulta inimaginable cómo sobreviviríamos a unas semanas, dos o tres, no más, sin energía, sin luz, sin combustible, sin aparatos. Sin cajeros automáticos ni supermercados, sin comunicación que nos guíe, televisiones, redes sociales, internet. Unos días solo. Terrible. 

En Gran Bretaña vemos a los súper mercados con fotografías como relleno estético de productos básicos que no llegan para cubrir determinados estantes, mientras que en Estados Unidos se alerta de una gran crisis comercial global, sobre todo de ciertos productos alimentarios, también de otros de corte tecnológico.

Uno se pregunta qué está pasando, a dónde nos dirigimos, a qué se debe que gobiernos del mundo occidental avisen de lo que podría ser un gran desastre. Y en el resto de países, como el nuestro, nos llegan consignas tibias pero evidentes de que para esta Navidad que está a punto de asomar puede que no tengamos productos a la carta como siempre porque el abastecimiento no sea el suficiente y que terminemos comprando lo que haya, no lo que queremos. Tenues voces, aquí y allá, alertan sobre el hecho. Es raro. ¿Qué parte no conocemos?

Es raro que ante una posible crisis venidera haya quien aconseje tener dinero en casa en efectivo, aunque lógico en caso de un apagón de larga duración. Como lo es, bien pensado, que ya no se pueda pagar en efectivo más de mil euros. Mil euros es una cantidad ínfima que cualquiera puede tener en su casa, de ahorros, de lo que sea sin que haya participado en una operación de narcotráfico y ahora resulta que si pagas en efectivo casi pareces del hampa siciliana; forma parte del control sobre la sociedad, que se hace acordonando todos tus movimientos económicos para gravarla al céntimo, empujándola hacia unas necesidades tecnológicas que la desnudan por completo ante todos los poderes que verdaderamente manejan los hilos. Es raro que la población lo acepte todo, gramo a gramo, sin rechistar, para eso hay que amoldarla cual plastilina en su justa medida: "La tortura efectiva no se basa en el sadismo, sino en la ciencia. Su lema es el dolor preciso, en el punto preciso, en la cantidad precisa" -N Klein-.

Todo inimaginable, pero también en febrero de 2020 lo era que un virus nos hiciera confinarnos durante meses. Como lo era para las grandes empresas y administraciones públicas sufrir ciber-ataques que les han dejado durante días bloqueadas, sin poder gestionar porque todo está informatizado. Algo de lo que se habla muy poco, quienes lo sufren intentan ocultarlo, pero es continuo, siguen produciéndose ciber-ataques a grandes corporaciones y a instituciones públicas de todos los países civilizados. Un ciber-ataque a las eléctricas, o a los bancos, tendría unas consecuencias desastrosas. Somos más libres que nunca, pero una libertad tan frágil que sucumbe ante un virus de origen sospechoso y ante nuestra dependencia a la tecnología, a la informática, a internet, a la energía, porque en un minuto se puede producir un crack electrónico que nos derrumbe por completo. 

Son raros que paralelamente se produzcan tantos desastres naturales, sólo hay que poner en google esa frase añadiendo 2021 y se estremece hasta la última pestaña con la lista que muestra. Los indicadores señalan que nuestra sociedad va mal y nuestro planeta ni los científicos saben medir hasta qué punto también.

Algo hace pensar que el orden social que nos hemos dado no va bien. Que la longevidad es cada vez mayor, que no hay guerras que reduzcan la población, que los pensionistas son cada vez en mayor número y la población en edad laboral cada vez menor porque llevamos años con bajos índices de natalidad. El estado del bienestar al que estamos acostumbrados se desploma porque cada vez exige más ingresos públicos y no los hay. Un sistema social insostenible. Al igual que estamos destrozando el ecosistema. Y, ante esto, no tiene nada de extraño pensar que ese grupo de pocas personas que verdaderamente son los que manejan los hilos del mundo, los que poseen el capital, puedan estar diseñando una estrategia encaminada a un cambio radical del orden social y para ello se hace necesario grandes golpes de efecto. Como el del virus, que todo el mundo aceptó como algo necesario lo de encerrarse en su casa y tener comercios cerrados cuando más tarde llegaron olas de la pandemia peores que la primera y sobrevivimos a ellas sin confinamiento alguno. Estamos entrenados. 

Se puede pensar que todo esto es catastrofista o que son teorías de la conspiración y puede que lo sean, pero recordemos que quien a principios de marzo del año pasado se abasteció de mascarillas le vimos como un loco e hipocondríaco. Es indudable que nuestro orden social requiere un cambio y quizás no está de más tener el ojo avizor, sin histerias ni locuras, pero preparados porque el futuro, hoy más que nunca, se vislumbra incierto.

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